UNA LÚZ MÁS ALLÁ DEL HORIZONTE


Bienvenido a esta página dedicada a mi novela Una luz más allá del horizonte.



Aunque se encuentra en una zona en permanente conflicto, la vida transcurre tranquila y apacible en San Miguel, en las remotas montañas de Katanga. 

Allí vive y se hace mujer Warda en compañía de las monjas francesas. 

Una mañana militares rebeldes aparecen en la misión con la firme decisión de requisarla; sus habitantes disponen de siete días para desalojarla.

Para Warda comienza una aventura que en sucesivas etapas la llevará hasta una playa de Marbella. 


En el camino conocerá el miedo y la miseria, el crimen y la pérdida; también el valor de la amistad, la fuerza de la esperanza y la incontenible emoción de la sorpresa.


Por si te es útil, esta es la opinión de un lector que, como te puedes imaginas, me puso muy contento... (pincha en texto y se agranda):


Y así es como empieza la novela: 


Es noche cerrada en Kinshasa y Mobutu ha despedido a los miembros de su gobierno. En un espacioso salón anexo a su despacho el presidente departe con sus más directos colaboradores. Tras los amplios ventanales la lluvia cae torrencial sobre los jardines del palacio presidencial. Al fondo de la estancia enmoquetada, bajo una colorida escena de caza y alrededor de una ostentosa e incomprensible chimenea meramente ornamental, el grupo de notables escucha las reflexiones que en voz alta expone el presidente.
Nadie osa interrumpirle o puntualizarle, mucho menos polemizar. Es un soliloquio al que un reducido grupo de jerarcas y asesores atiende con aire serio y circunspecto. Mobutu está desanimado y deprimido. Con expresión cansada dirige una mirada hierática que se pierde más allá de los gruesos cristales de sus enormes gafas de concha. Apoyada una mano sobre su inseparable bastón, el dictador mantiene en la otra un vaso de grueso cristal del que de vez en vez sorbe largos tragos de su whisky favorito.
“Tenemos un problema, un grave problema —se lamenta asintiendo con teatrales golpes de cabeza—. Nuestra política ha fracasado. Las industrias tienen que cerrar por falta de obreros cualificados y nuestros ingenieros, que tanto me cuesta mantener, son incapaces de solucionar la más sencilla avería porque dicen que carecen de herramientas y repuestos. Este es un país de inútiles y así no iremos a ninguna parte. Les he devuelto la dignidad de ser nosotros mismos y labrarnos nuestro propio futuro. Les he dicho “vosotros zaireños, vosotros y sólo vosotros sois dueños de vuestro país y de vuestro destino”; pero ellos no son capaces de aprovechar la oportunidad única que yo les brindo”.
Mobutu da un largo sorbo y, mientras siente cómo el alcohol calienta e impregna su lengua y su garganta, permanece un largo rato en silencio, recreándose en sus pensamientos y saboreando con deleite la quietud del momento. Luego continúa su monólogo.
“Para empeorar la situación los problemas se multiplican en el este. Ruanda no cesa de expulsar tutsis que se asientan en Burundi y en Uganda, y también en nuestro territorio. Eso nos traerá problemas a la larga …, ya los está provocando. Es una masa enorme de desplazados furiosos y ociosos, y los tutsis son belicosos y organizados. Nuestros enemigos se ocuparán de utilizarlos contra nosotros. Ya lo están haciendo fomentando su alianza con ese patán de Kabila y su guerrilla de traidores y ladrones”.
Después de un largo trago abandona el vaso vacío sobre una mesita a su derecha. Abre una pitillera y enciende un cigarrillo del que exhala una larga y profunda bocanada. Tras unos segundos en los que parece embriagarse dejando escapar lentamente el humo, retoma su reflexión en voz alta.
 “Son demasiados problemas y no podemos afrontarlos solos. Tenemos que pedir ayuda y tendremos que pagar un alto precio por ella. También será ocasión de hacer negocios —sostiene esbozando un sonrisa que enseguida se transforma en gesto serio—. Pero no es como yo desearía hacerlos... ahora tendremos que compartirlos con otros, y esos otros no pueden ser más que los franceses y los belgas. ¡Cuánto los detesto! —se lamenta expresando rabia y repulsa con la mano—, a ellos y a sus aires de grandeza y prepotencia. Se creen superiores y las circunstancias parece que quieren venir a darles la razón. Me duele en el alma tener que llamarles y ponerles buena cara, otorgarles concesiones y devolverles privilegios. Es un trago muy amargo, una decisión que no quiero tomar y para la que sin embargo no encuentro otra salida. No hay más remido”.


Durante unos segundos permanece reflexionando extasiado mientras mira un punto fijo en frente. De repente extiende ambas manos queriendo expresar sorpresa y desconcierto al sentenciar: “Y ahora, además, precisamente ahora, ¡los católicos piden abrir nuevas misiones y nuevos conventos!”.


SI la QUIERES leer, PULSA aquí para bajártela.














No hay comentarios:

Publicar un comentario